martes, 1 de diciembre de 2015

Y el otoño se impone con fuerza a pesar del sol

Madrid es una ciudad que consume, que agota, que devora a sus habitantes. Como casi todas las grandes ciudad, supongo. Pero a mi esa sensación me pilló desprevenido,  en un momento en el que el calendario marcaba el inicio del otoño poniéndose de acuerdo con mi reloj biológico. Luce el sol, sí, el cielo es azul, azul intenso, pero no deja de ser otoño y, por mucho que uno se resista, se impone.
Madrid es perfecta para dos tipos de personas: aquellas que han nacido aquí, que la misma ciudad les ha parido y visto crecer; y para la gente joven, que es fuerte y que tiene todo el empuje que le dan los años para hacerle frente. Yo no estoy en ninguno de estos grupos. No he nacido en esta mole de cemento sin gracia ni tengo ya una edad que me permita estar a la altura de sus exigencias. Para ser sinceros, ni tan siquiera llegué a ella con esa edad. Llegué justo al inicio de sus últimas bocanadas, pero unas bocanadas que, y no lo negaré, me hicieron disfrutarla día tras día pero, sobre todo, noche tras noche. Ahora intentar disfrutar de una noche, una al menos al mes, resulta agotador. Intentar estar a la vanguardia, porque no se por qué pero tengo la sensación de que es lo que esta ciudad últimamente te exige, es para mi una misión imposible. Me niego. Me niego a tener que ser Alaska o, mucho menos, Mario. No tengo por qué, porque antes, cuando quizás hubiese sido más fácil, no era necesario y ahora ya no me apetece. Sencillamente, no puedo.
Si alguien piensa que voy a revelar aquí mi edad lo lleva claro. Alguien como yo jamás revela su edad, por mucho que se le empiece a notar. No soporto la insoportable falta de educación de aquellos que, no se sabe muy bien a cuento de qué ni para qué, te la preguntan como quien no quiere la cosa. Y, efectivamente, esta cosa que vive, respira y siente, no quiere esa pregunta, no quiere contestarla y desearía que no se la hiciesen. Además, casi siempre esa pregunta suele venir de una boca dulce, aún sin arrugas en su comisura (¿que yo las tengo?, ni lo sueñes), ya que entre aquellos que hemos nacido en años próximo no surge esa maldita necesidad de preguntarnos por tal ordinariez. Porque da la casualidad que tampoco se muy bien qué responder. No siento que la edad que tengo sea la que en realidad debería ser. No me siento joven, no me siento maduro (horrible expresión que me recuerda a la fruta) y, por supuesto, no me siento viejo. Me siento en tierra de nadie. En una tierra abonada por la juventud y la belleza de aquellos con los que, por cuestiones profesionales, comparto el día a día. Ni que decir tiene que tampoco me gustaría que nadie, por aquí revelase mi edad. Espero que ningún ser malintencionado lo haga porque, de hacerlo, se ganaría mi más terrible y, al menos temporal, desprecio.
Con todo voy a seguir intentándolo. Voy a seguir insistiendo en, el tiempo que me quede por vivir aquí, seguir disfrutando de ti, Madrid. Posiblemente me sienta frustrado por ello, decepcionado una vez más. pero me da igual, voy a aferrarme al recuerdo de lo que en su día fuiste. Me importarán poco el cierre de tus mejores locales, las prohibiciones de vivirte en la plena calle, tus horribles tendencias de apelotonarnos a todos en horribles fiestas we, la leche o como leches se quieran llamar, tu obsesiva intención de uniformarnos a todos en cuerpos esculturales a golpe de pesa en insufribles gimnasios, todo me dará igual. Todo, porque voy a querer vivirte una vez más o, al menos, una noche más. A pesar de que el otoño se haya impuesto. Porque en otoño, qué demonios, el sol también puede lucir (aunque ya no caliente tanto).

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